Saturday, October 14, 2006



MANOJOTA, UN AMIGO MUY ESPECIAL


Hace ya muchos años, cuando yo era una niña, vivía en El Pueblo un señor a quienes todos los niños de mi cuadra queríamos también mucho. Era un señor mayor, un poco gordo y canoso, pariente de papá. Algo así, como un tío lejano. Casi siempre vestía de color marrón y usaba sombrero. Tenía muy buen humor, y cada vez que nos veía jugar a los chicos de la cuadra, nos saludaba con mucho cariño y nos preguntaba cómo había estado la tarea. Y siempre pasaba por la acera, pues vivía cerca.
Un día se le ocurrió llevarnos a comprar caramelos y chocolates a un abasto cercano a nuestra casa. Y sucedió, que de allí en adelante, cuando alguno de nosotros lo venía venir por la esquina, gritaba, alertando al resto del grupo:
-Ahí viene Manojota!
Entonces nosotros corríamos a su encuentro, seguros de que siempre nos regalaría algún dulce. Y sucedió que siempre fue así, sólo que cuando tenía poca plata, nos fijaba una cantidad a cada uno, y teníamos que ajustarnos a la suma determinada por Manojota; pero cuando guardaba silencio, llegábamos a la conclusión de que no teníamos límites en la adqusición de golosinas.
Un día Manojota no pasó por nuestra calle, y tampoco lo vimos al día siguiente, ni al otro.
Entonces de verdad nos preocupamos, pero no por los dulces, sino porque él era muy dulce también con nosotros. Entonces nos reunimos todos los vecinitos de la cuadra y, muy afligidos le preguntamos a mamá, por qué no habíamos vuelto a ver a Manojota.
-Está enfermo, niños. El señor Herrera -que ese era su apellido- está en el hospital. Lo operaron del corazón esta semana. Pero no se preocupen que salió muy bien y pronto se ira para su casa.
Entonces todos los niños nos pusimos de acuerdo para ir a visitarlo. Esta vez entre todos reunimos el dinero que teníamos en nuestras alcancías para comprarle a Manojota unas pantuflas por lo bueno y cariñoso que había sido con nosotros, y nos fuimos con mi papá a ña clinica. El se ofreció a llevarnos en la camioneta, pues éramos muchos.
Cuando Manojota nos vió, se emocionó al vernos, pues no se imaginaba que nos habíamos enterado que estaba enfermo. Y sucedió que siempre, mientras estuvo convaleciendo de su operación, fuimos siempre a verlo y a contarle alguna historia. Además también le llevábamos algún regalito: un dibujo, un caramelo o una poesía, pues él se había convertido, además de nuestro amigo, en el abuelo del grupo.
Y colorín, colorido, todos dimos gracias a Dios porque la enfermedad se había ido.
Tía Mymi

Friday, October 13, 2006


LOS TOCONES


Era el día de mi octavo cumpleaños y me sentía feliz. Mis padres me habían organizado una linda fiesta: merienda, rifas, juegos, adivinanzas. Reinaba la alegría al celebrar mis ocho años, llena de salud y en compañía de mis amiguitas del colegio y algunos vecinos amigos.
Me estrenaba un precioso vestido blanco de manzanitas rojas. La torta, hecha por mi mamá hacía juego con él, pues también era blanca con fruticas del mismo color rojo. La casa y el jardín lucían muy lindos con las guirnaldas de colores. Comenzaron a llegar mis amigos con los regalos. Yo, a mi vez tenía otros para ellos, que les entregarían en el momento de irse.
Entonces entró Mariela con una hermosísima caja de creyones. Era muy grande: había muchísimos colores. Esa fue una gran alegría, debido a que me encanta pintar. Cuando ya se iba, mi prima me pidió que le diera la caja de creyones para sacarles punta, pues su papá le había un sacapuntas eléctrico, y sería más fácil que hacerlo con uno mecánico como el que yo tenía. Yo accedí gustosa. Ella me los devolvería a la mañana siguiente, antes de entrar a clases.
Y sucedió, que al día siguiente, busqué a Mariela como habíamos convenido, pero ya ella estaba en la fila de su clase y con señas me dijo que me daría los creyones durante el recreo. Pensé que esperar unas dos horas no tenía importancia. Tocó el timbre señalando el recreo, y me fui en busca de Mariela, pero al pedirle mis lápices, me dijo que me los daría a la salida del colegio; ahora se encontraba jugando Camporroto, y el juego de pelota no se podía interrumpir. Entonces sí me desilusioné, pues necesitaba estrenar esos creyones en la tarea del día. Sin embargo, decicí esperar hasta que saliera de clases. ¡No que dedaba otra alternativa! A la salida no la vi, por más que la busqué.
En ese entonces teníamos clases dos veces al día, así que decidí esperarla a la entrada del colegio, y cuando la vi llegar, me dijo que había dejado los creyones en la casa y que por la tarde me los daría.
-¡Mariela! ¿Qué pasa con mis creyones? Me dijiste que te los llevarías para sacarle punta; te los he pedido todo el día, siempre te me escondes ¿Qué pasa con ellos? ¿Entonces por qué me los regalaste?
-No pasa nada, Mymi. Te prometo, que si vas a buscarlos esta tarde, después de clases a mi casa te los daré.- Me dijo con los ojos inexplicablemente aguados.
Y sucedió que allá me dirigí, como me había pedido mi prima. Cuando ella, muy compungida me entregó los creyones, yo no podía creer los que veían mis ojos: todos los lápices no sobrepasaban los tres, cuatro o cinco centímetros de altura. se habían convertido en una tocones de creyones.
Entonces fui yo quien comenzó a llorar al verlos. No comprendía que Mariela, en su afán de sacarle punta, le había dado con tanta fuerza, las quebraba, y las quebraba y las quebraba. Acto seguido, ella me acompañó en el llanto, y las dos lo hacíamos inconsolablemente, cuando llegaron mis tíos y nos preguntaron qué nos sucedía. Por toda respuesta, en medio de sollozos, le entregué la caja con los tocones, y en aquel entonces no supe por qué mis tíos se reían con tantas ganas de algo que nosotras considerábamos una auténtica desgracia.
-No lloren más, mis niñas, y vamos todos a comer helados. El problema de los creyones tiene remedio.
-¿Cómo, tío, va a tener remedio? -le pregunté incrédula y esperanzada al mismo tiempo.- ¿Acaso ellos van a volver a crecer?
-No, hija mía, pues no soy mago, pero iremos por otra caja de creyones nueva, y yo mismo les enseñaré a sacarles punta. Pero recuerden que hay un dicho muy sabio que dice "sin prisa, pero sin pausa". Eso aplica a todo en la vida, incluso en el caso de los creyones. Nunca hay que forzar las cosas de prisa, pues se estropean. Todo hay que hacerlo con mucho cuidado.
Y de allí, nos fuimos a comprar mis creyones, a los que Tío Angel, un auténtico ángel les sacó una punta lindísima, y luego nos fuimos a comer helados para refrescar los ánimos.
Y... colorín colorete, que colorados tienes los cachetes.
Tía Mymi





LOS CUENTOS DE TIA MYMI